Qué son los TCAs?

            Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCAs) son patologías de gran relevancia por su elevada incidencia, la gravedad de su sintomatología y la dificultad para aplicar un tratamiento eficaz en el momento actual. De hecho, se considera que estas patologías constituyen hoy día la tercera enfermedad crónica entre la población femenina adolescente y juvenil en las sociedades desarrolladas (Pelaez y cols. 2001).

            En el DSM-IV (APA, 2000) aparecen recogidas tres grandes categorías de TCA: anorexia nerviosa (AN), bulimia nerviosa (BN) y TCA no especificado (TCANE). En esta última categoría se incluyen aquellos casos que no cumplen todos los requisitos de clasificación de las dos primeras categorías. Un tercio de los trastornos alimentarios descritos en la literatura no cumplen los criterios diagnósticos propuestos para la anorexia y bulimia nerviosas (Fairburn y Walsh, 2002).

            La AN se caracteriza, a grandes rasgos, por el rechazo a mantener un peso normal de acuerdo con la edad y la altura, el miedo intenso a engordar a pesar de existir un peso por debajo del ideal, la existencia de una distorsión perceptiva de la imagen corporal, la negación total o parcial de la enfermedad y, en el caso de las mujeres, la existencia de amenorrea primaria o secundaria (Moreno y Villar, 2001).

            La BN viene definida por una preocupación excesiva por la comida que da lugar a la aparición de episodios repetidos de ingesta excesiva de alimentos, puesta en práctica de medidas extremas para controlar el aumento de peso -tales como vómitos autoprovocados, abuso de laxantes y diuréticos-, consumo de fármacos supresores del apetito, periodos de ayuno y, al igual que en los casos de AN, una preocupación excesiva por el peso (Moreno y Villar, 2001).

 

            De forma general, se puede afirmar que más del 4% de los/las adolescentes de nuestro país sufren un TCA (Ruiz-Lázaro, 2003), aunque posiblemente este dato esté infravalorado por la frecuente ocultación del trastorno por parte de las personas que lo padecen.

            La creciente incidencia de los TCA en España y en otros países de nuestro entorno (Turón, Fernández y Vallejo, 1992; Hoek, 1991; Kaltiala, Rissanen, Rimpela y Rantanen, 1999) ha llevado a las instituciones sanitarias españolas a priorizar las actuaciones sobre estos trastornos dentro de los problemas de salud mental. Con este fin, en los últimos años se han publicado distintos protocolos de actuación dirigidos a los profesionales sanitarios para mejorar la detección y el tratamiento de los TCA. En concreto, el Protocolo de actuación, elaborado a nivel estatal en 1999, unifica los criterios que deben utilizar los médicos de Atención Primaria cuando atienden a pacientes con un posible TCA y garantiza el tratamiento integral de estos pacientes en el sistema de la Sanidad Pública. (Ministerio de Sanidad y Consumo, 1995).

            Por otro lado, esta necesidad de atender de manera adecuada a los/las pacientes con TCA ha incrementado la investigación clínica y experimental sobre estos trastornos en los últimos veinte años. Uno de los modelos teóricos explicativos de los TCA más aceptado es el que propuso Cooper en 1995. Este autor explica el proceso implicado en el desarrollo y mantenimiento de los TCA y establece tres etapas a lo largo de las cuales van ejerciendo su influencia los factores de riesgo, los factores desencadenantes y los factores de mantenimiento.

            Según este modelo, en la última etapa es cuando los llamados “factores de mantenimiento” tienen un papel predominante. Se denominan “factores de mantenimiento” a todas aquellas circunstancias que perpetúan el trastorno alimentario y que impiden la desaparición de los síntomas principales. Factores de mantenimiento de especial importancia son los siguientes: a) la presencia de pensamientos negativos distorsionados hacia el propio cuerpo o hacia la alimentación, que impiden la práctica de conductas saludables; b) la ausencia de relaciones interpersonales satisfactorias con la familia y con el grupo de iguales; y c) la propia desnutrición que provoca y mantiene los síntomas del trastorno: la desnutrición produce cambios fisiológicos y psicológicos tan importantes que hacen muy difícil el progreso terapéutico (Toro y Villardel, 1987). A modo de ejemplo, una alimentación muy restrictiva enlentece el vaciado gástrico, lo que da lugar a un aumento de la sensación de saciedad. Esta sensación de saciedad, no solo inhibe las ingestas posteriores sino que, además, provoca estados de ánimo negativos y aumenta la autocrítica.

            Todas estas dificultades son las que explican y justifican la necesidad de realizar investigaciones y estudios destinados a validar y encontrar intervenciones eficaces con aval científico, como ocurre con nuestro METODO PETTCA